"La verdadera patria del hombre es la infancia."Hago mía a menudo estra frase de Rilke, sobre todo cuando una obra artística es capaz de transportarme a ese territorio melancólico, soñado, tan lleno de emociones intensas y puras como de oscuridad y misterio, que es la infancia; precisamente esta capacidad de regresión al punto de vista infantil también hace difícil que cualquier reflexión sobre una obra de estas características sea objetiva... aunque, en realidad, toda crítica cinematográfica es opinión, igual que toda crónica periodística es literatura.
Rainer Maria Rilke
Los contrabandistas de Moonfleet (Moonfleet, 1955) es una obra con categoría de menor dentro de la filmografía de Fritz Lang, tan menor que en su tiempo pasó sin pena ni gloria, y sus autores no la tenían en mucha estima dados los avatares de su producción y su corto presupuesto. Sin embargo fue estrenada, con retraso, en 1960 en Francia, y la sesuda crítica del momento la consideró una obra maestra y una de las mejores películas del año.
No puedo disentir con estos críticos; Los contrabandistas de Moonfleet me parece una obra maestra, una de las películas de aventuras más tristes y pesarosas sobre la condición infantil que jamás se han rodado, emparentada de alguna manera con esa otra obra maestra que es El viento en las velas de Alexander Mckendrick (A high wind in Jamaica, 1965) con la que guarda numerosas similitudes de fondo.
La historia está ambientada a mediados del siglo XVIII; John Mohune (John Whiteley) es un niño huérfano que vuelve a la localidad de Moonfleet, en la costa británica, para solicitar el asilo de Jeremy Fox (Stewart Granger), custodio de las propiedades de los Mohune, caidos en desgracia años atrás. Fox es un caballero de modales exquisitos y vida disipada que tuvo un romance años atrás con la madre del muchacho; aunque al principio es reticente a cuidar del niño, al final acaba adoptándolo como pupilo, lo que pone en peligro sus negocios ilegales como contrabandista y sus habituales juergas nocturnas con los decadentes Ashwood (George Sanders y Joan Greenwood).
Como simple película de aventuras, Los contrabandistas de Moonfleet funciona como un reloj: en apenas hora y media ocurre de todo: hay tiroteos, peleas con arma blanca, grutas ocultas, tesoros escondidos, etc... La colorista ambientación artificial en estudio, las amplias composiciones propias del primer cinemascope, los peculiares secundarios feos y mugrientos y los abundantes detalles macabros dotan a la película de una extraña atmósfera de horror gótico, cercana a las producciones de la Hammer y del ciclo Poe de Corman: todo está mostrado desde un punto de vista infantil, lírico, donde el pasado se hace presente a través de estatuas que parecen cobrar vida y muertos inquietos en sus tumbas.
Por otro lado, aunque al parecer nunca estuvo muy contento con esta película, Stewart Granger hace probablemente el mejor papel de su carrera, parecido solo en la apostura a otros de sus héroes de capa y espada. Jeremy Fox es un ser cínico e inmoral que no duda en traicionar, seducir y matar, pero al que la presencia del joven Mohune (probablemente su hijo) afecta sensiblemente, como una imagen de la inocencia que él mismo perdió tantos años atrás en una aciaga noche en la ahora abandonada mansión de los Mohune; una inocencia que, a pesar de suponer una amenaza para su forma de vida, siente la inexplicable necesidad de proteger, porque, como decía un personaje en Grupo salvaje, "Todos deseamos volver a ser niños, inlcuso los peores de nosotros... Quizá los peores lo desean más que nadie."
El chaval John Whiteley interpreta su personaje con convicción, con una flema muy inglesa pero sorteando lo repelente con habilidad gracias a la naturalidad de sus reacciones en las escenas más comprometidas. Sus escenas con Granger tienen cierta química, quedando muy bien descrita la extraña relación paterno-filial que se desarrolla entre ellos.
El resto del reparto no brilla en exceso, aunque todos cumplen con solvencia; destaca la siempre reconfortante presencia de esa especie de Oscar Wilde cinematográfico que fue George Sanders y la de la atractiva Joan Greenwood como los decadentes Lord y Lady Ashwood (cuya mansión aparece retratada con una fotografía que intenta adelantarse, a pesar de la típica sobreiluminación de la época, a la de Barry Lyndon, como si hubiese sido rodada a la luz de las velas)
Cabe destacar, por último, la maravillosa partitura de Miklos Rozsa inspirada en temas marineros, que subraya el aire aventurero y melancólico de la película:









La tengo algo lejana en el recuerdo desde la última vez que la vi hace unos años, pero ese vago recuerdo es de otra maravilla langiana bañada en brumas, especialmente creo recordar un final muy poético y casi elegíaco que me dejó el estómago hecho un nudo...
ResponderSuprimirMaster Piece sin duda alguna. Otra de esas películas que confirman que la etapa americana de Lang no tiene nada que envidiar a la alemana. Poco que añadir a tus acertados comentarios... Quizás poner de manifiesto como Lang, pese a criticarlo, maneja el scope, en la que, sino me equivoco, fue la única que dirigió con ese formato.
ResponderSuprimirEl final, fantástico como dice Duke.
Lang, en efecto, odiaba el formato panorámico, decía que sólo servía para rodar entierros y serpientes, o algo así. Sin embargo en esta película está bastante bien utilizado.
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