Perros rabiosos (Cani arrabbiati, 1974) es una película de Mario Bava que, a lo largo del tiempo, se ha presentado en muy diversos montajes y remontajes, hecho provocado por los numerosos avatares de su producción y distribución; a principios de los 70 Bava atravesaba muchos baches económicos y estaba muy poco valorado, de manera que la financiación de esta película se hizo de forma pobre e irregular, y, por si fuera poco, fue prohibida su distribución por diversos impagos; la película permaneció en el olvido durante años y luego fue estrenada con diversos nombres, (Kidnapped, Rabid dogs, Semaforo rosso) dándose como definitiva la versión restaurada en 2002 gracias al esfuerzo de una de las protagonistas de la cinta, Lea Lander.
Bava había intentado adaptarse a los nuevos tiempos dentro del cine de terror e incluso había tocado otros géneros como el western o la comedia, pero su caché era cada vez más bajo y las producciones en las que participaba, de menor enjundia y más maltratadas por los productores. Con Cane arrabbiati pretendía dar un giro de 180 grados pasándose al thriller tan en voga en la Italia de los 70, pero eludiendo el trasfondo político y el protagonismo policial típico del poliziesco.
La historia comienza con los prolegómenos de un atraco; cuatro hombres enmascarados se dirigen en coche a las oficinas de una farmacéutica para robar la paga de los empleados, y tras obtener la maleta llena de dinero, se desata un tiroteo que da como resultado la muerte de su conductor. Los tres supervivientes -el jefe del grupo, alias "Doctor"(Maurice Polli), y los brutales "Bisturí" (Don Backy) y "Treintaydos" (George Eastman) - son perseguidos por la policía hasta que toman a una mujer como rehén (Lea Lander); amenazando a la mujer a punta de navaja, consiguen detener un coche y meterse en él.
Riccardo, el conductor del coche (Riccardo Cucciolla) se convierte también en su rehén, pero, por si fuera poco, añade un problema más: en el interior del coche hay un niño sedado que hay que llevar inmediatamente al hospital. A punta de pistola, Riccardo es obligado a sacar a los atracadores de la ciudad para llegar a un misterioso punto de encuentro.
Perros rabiosos está ambientada en un entorno urbano, pero lo cierto es que está más emparentada con el western que con el thriller; de hecho, el esquema argumental es muy similar al de los famosos westerns psicológicos de Budd Boetticher protagonizados por Randolph Scott: el "héroe" de la función (Riccardo) se ve involucrado en una situación límite con un grupo de matones, liderados por un jefe carismático ("Doctor") con el que acaba congeniando. El espiritu de la película, su violencia y crueldad y su descripción demoledora de los personajes la acerca también al cine de Sam Peckinpah y a sus típicos outsiders contracorriente huyendo hacia ninguna parte.
No se puede decir precisamente que Cani arrabbiatti sea una película de una factura impecable, muy al contrario es una película abrupta, sucia, rodada con una cámara nerviosa y un montaje cortante, casi como el trabajo de un estudiante de cine con muy poco dinero pero con un descomunal talento para el encuadre, la puesta en escena, la sugestión y el suspense; casi la mitad de la película se desarrolla en el claustrofóbico escenario del interior del coche, donde las miradas y gestos de sus tripulantes, captados con singular acierto por Bava, establecen un fascinante juego psicológico de poder y humillación entre ellos.
Los actores que los interpretan no son grandes figuras, pero cumplen a la perfección con sus papeles, dotándolos de extraños matices; los "buenos" de la función (Riccardo Cucciola y Lea Lander) a menudo son apáticos, cobardes o estoicos; los dos matones (Don Backy y George Eastman) son brutales y violentos, aunque están unidos por un extraño código de amistad muy peckinpahniano; el jefe de la banda (Maurice Polli) aparenta ser el más inteligente y carismático de todos los personajes que viajan en el coche.
Si bien Cani arrabbiati no es una obra redonda, es una película realmente interesante y a menudo brillante, no apta para todos los paladares por su crueldad extrema y su suciedad, pero absolutamente ejemplar sobre como aprovechar al máximo una sencilla premisa; Bava no se merecía el ostracismo.








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