miércoles, 23 de junio de 2010
Cine oculto - Los diablos del Pacífico
La década de los 50 en Hollywood fue prolífica en películas de guerra, a menudo centradas en la glorificación de la hazaña bélica, género que estallaría en los 60 con numerosas superproducciones plagadas de extras y actores famosos. Sin embargo es también una década llena de obras con espíritu crítico y reflexivo sobre el conflicto: Casco de acero (The steel helmet, 1951) y A bayoneta calada (Fixed bayonets!, 1951), de Sam Fuller, La colina de los diablos de acero (Men in war, 1957) de Anthony Mann, Ataque (Attack!, 1956) de Robert Aldrich o Senderos de gloria (Paths of glory, 1957) de Stanley Kubrick son algunos de los títulos punteros de este sub-género.
Los diablos del Pacífico (Between heaven and hell, 1956) se encuentra también en esta corriente, aunque a menudo se vea relegada, e incluso algunas reseñas la despachen como una película bélica al uso. Nada más lejos de la realidad, se trata de una obra totalmente a contracorriente que analiza con extraña fiereza las consecuencias psicológicas de los soldados en el frente y que nos muestra a un grupo de personajes que, lejos de ser los típicos héroes concienciados con su causa, están más en lucha consigo mismos y entre ellos que con el enemigo.
Lo primero que sorprende de Los diablos del Pacífico es su puesta en escena: la secuencia previa a los títulos de crédito nos muestra un campamento de soldados desastrados y sudorosos donde se puede sentir el calor asfixiante, mientras un pasota Sam Gifford (Robert Wagner) es llamado ante la presencia del oficial que lo va a destinar a un nuevo puesto; cuando llegan los créditos irrumpe una ominosa adaptación a ritmo de fanfarria bélica del célebre Dies Irae del siglo XIII. La guinda la pone el conductor del jeep que lleva a Gifford a su destino, el soldado Crawford (Buddy Ebsen): le pregunta porqué ha sido degradado y, cuando Gifford le dice que ha sido por agredir a un teniente, el conductor le responde: "tenías que haberlo matado".
Gifford es enviado como castigo a un puesto perdido en la selva en una isla del Pacífico, donde los soldados lucen aún más desastrados y pasotas; el puesto está comandado por el paranoico capitán Grimes (Broderick Crawford) Grimes vive encerrado en una cabaña custodiada por sus soldados de confianza, esconde sus insignias de mando e incluso insta a sus hombres a que no le llamen "señor" para evitar ser acertado por algún francotirador; todos le conocen como "Waco" y temen sus arbitrarios ataques de ira.
El comienzo de la película ya marca el ambiente en el que nos vamos a mover: un mundo de individuos bajo presión a los que el conflicto bélico en el que están inmersos parece importarles un pito, que arrastran los mismos condicionamientos sociales de su estado civil (Gifford es un terrateniente del sur y muchos de sus compañeros son aparceros que no pueden evitar verlo como el "señorito") a lo que se suman el resentimiento contra la autoridad y el miedo a una muerte segura que puede llegar en cualquier momento; estos soldados son capaces de volverse unos contra otros e incluso de matarse, de manera que el único resquicio de esperanza que queda en Gifford radica en la amistad con Crawford, un aparcero que ve en él al chaval asustado y necesitado de calor humano que en realidad es.
Siendo como era un producto para lucimiento de la joven estrella (Robert Wagner), el guión sortea numerosos avatares con acierto desparejo para intentar centrarse en todos estos detalles psicológicos y mostrarnos la evolución de Gifford de joven y arrogante terrateniente a soldado descreido y desesperanzado sobre la condición humana (gran detalle el de mostrarlo víctima de la fatiga de guerra: a menudo sufre convulsiones y temblores producto del estrés y el miedo) Algunos personajes quedan algo desdibujados y el papel de la mujer de Gifford en el largo flashback inicial es un tanto ñoño, pero en lineas generales se trata de una película escrita con bastante criterio y cierta audacia polémica (sobre todo en la descripción del psicótico Waco y su relación casi homoerótica con sus no menos psicóticos soldados de confianza).
Robert Wagner, un actor bastante soseras, cuaja una aceptable actuación como Gifford, pero se ve acompañado por un grupo de excelentes secundarios que elevan el interés actoral de la película: Brad Dexter, Buddy Ebsen, Robert Keith, y sobre todo Broderick Crawford como el histérico y patético Waco.
Pero lo mejor de la cinta es, sin duda alguna, su realización; siendo una película pionera del formato panorámico, parece que Fleischer llevase décadas usándolo y saca oro de un presupuesto no muy espléndido que luce como si fuese diez veces mayor; las secuencias de acción son prodigiosas y contundentes como un puñetazo en el estómago, beneficiadas por el rodaje en exteriores y una fotografía sucia y realista que hace patentes el sudor, el polvo y la sangre. La espectacular música de Hugo Friedhofer se ajusta como un guante para crear secuencias memorables como la célebre huida final de Gifford a través de un tramo de selva plagado de soldados japoneses.
En definitiva, si bien no estamos ante una película perfecta, si que puedo decir que Los diablos del Pacífico es muy superior en intenciones y factura a muchas de sus coetáneas del género bélico, y que consigue entretener, sorprender e incluso inquietar igual o incluso mejor que otras películas bélicas cuyas pretensiones críticas y autorales son más evidentes.
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Curiosamente, ese campamento recuerda bastante al fuerte de Chuka, ¿no crees?
ResponderSuprimirUn puesto aislado al que van a parar todos los degradados y soldados con un error pasado que les pesa en la conciencia...
Pues si, hay algo de eso, incluso ambos puestos están comandados por sendos oficiales atormentados, aunque Waco se lleva la palma...
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