lunes 5 de julio de 2010
Cine oculto - La carta del Kremlin, de John Huston
A finales de los 60 las películas de espías estaban de moda; James Bond las había popularizado desde el principio de la década, y, a parte de generar numerosas imitaciones, también había propiciado la eclosión de un subgénero más crítico con el mundo del espionaje, como las aventuras de Harry Palmer (Michael Caine encarnó en tres ocasiones a este espía durante los 60 -Ipcress, 1965, Funeral en Berlín, 1966, El cerebro de un billón de dólares, 1967 - y otras dos veces en los 90 para la televisión en un vano intento de resucitar la serie - El expreso de Pekin, 1995, Medianoche en San Petersburgo, 1996) o las adaptaciones de John LeCarré (El espía que surgió del frio- The spy who came in from the cold, 1965, de Martin Ritt, Llamada para un muerto - The deadly affair, 1966, de Sidney Lumet)
Ninguna de estas películas críticas y con pretensiones de realismo sobre el mundo del espionaje se acerca en inmoralidad y mala baba a La carta del Kremlin (The Kremlin letter, 1970 de John Huston) De hecho, pocas películas pueden competir en ese aspecto con este film no apto para almas sensibles y espectadores convencionales...
En plena guerra fria, Charles Rone (Patrick O'Neal) es un oficial de la marina estadounidense que es expulsado de forma misteriosa del cuerpo, para ser reclutado por su memoria fotográfica, su conocimiento de idiomas y sus habilidades atélticas en un grupo de espías liderado por el enigmático Ward (Richard Boone) Al grupo se unen otros espías de diversas nacionalidades a cual más estrambótico: El asaltado de caminos (Dean Jagger) un veterano de las guerras mundiales que se oculta bajo la apariencia de un sacerdote; La puta (Nigel Green), un vividor especializado en bajos fondos, drogas y prostitución; El brujo (George Sanders) un homosexual travesti conocedor de ambientes nocturnos; y B.A. (Barbara Parkins) una atractiva joven a la que su padre, antiguo espía, ha enseñado todos los trucos para abrir cajas fuertes y colarse en cualquier sitio sin ser vista...
Rone recibe el nombre en clave de La virgen, y es entrenado para sustituir a Polyakov, fallecido en el intento de recuperar un importante documento conocido como La carta del Kremlin, que probablemente contiene un acuerdo entre americanos y soviéticos para impedir el armamento nuclear de China y que no debe caer en manos orientales. El peculiar grupo viaja a Moscú, donde se aloja en una casa perteneciente al capitán Potkin (Ronald Radd), jefe de contrainteligencia sovietica en los USA, al que Ward chantajea amenazando la vida de sus dos hijas y su mujer. Por otro lado, el implacable coronel Kosnov (Max Von Sydow), que había utilizado a su propia mujer (Bibi Andersson) para seducir y capturar a Polyakov, y su jefe Bresnavitch (Orson Welles) miembro del comité central del partido, intentarán parar los pies al grupo de Ward.
Lo primero que llama la atención de esta película es su reparto, plagado de fabulosos actores característicos ingleses (Nigel Green, George Sanders, Nial McGinnis, Micheál MacLíammóir), americanos (John Huston, Orson Welles, Richard Boone, Dean Jagger) y alguna sorpresa como los bergmanianos Max Von Sydow y Bibi Andersson o la rusa Lila Kedrova. Aunque el argumento es por momentos un galimatías, Huston desde el principio se muestra partidario de desarrollar todos los personajes usando la cuestión de La carta del Kremlin como una simple anécdota detonante de este circo de freaks encarnado por un reparto de ensueño.
El hilo conductor de la película es el personaje de Charles Rone (interpretado por un estólido Patrick O'Neal) que parece un trasunto de James Bond; como este, es oficial de la marina y está muy pagado de si mismo por su habilidad atlética y su ingenio despierto, pero se dará de bruces con un mundo donde no hay patrias, ni heroismo, ni intereses políticos legítimos: los espías de Huston son una caterva de mezquinos aprovechados y malvados en el mejor de los casos (como La puta, al que da vida con singular acierto un divertido Nigel Green) cuando no unos verdaderos psicópatas capaces de sonreir amablemente tras cometer los más brutales crímenes (como Ward, interpretado de forma diabólica y magistral por el nunca suficientemente valorado Richard Boone)
Tan malvados son estos espías del "lado de los buenos" que, en comparación, sus enemigos soviéticos, casi parecen bondadosos, aún siendo en algunos casos, como el del brutal Kosnov - Max Von Sydow, seres capaces de cualquier aberración en aras de su patriotismo, o de negociar y asociarse con el mismisimo diablo si es necesario, como el orondo Bresnovitch (siempre carismático Orson Welles).
La realización de la película, aún siendo efectiva, no es lo más destacable de la misma, siendo como es una obra más centrada en su guión y sus actores; como director, Huston huye de la espectacularidad y se decanta por una realización funcional y directa con ocasionales estallidos de violencia, dando cancha a sus actores para llevar el peso de la trama, y apoyándose en una competente puesta en escena y un montaje brioso y moderno. La fotografía es un tanto convencional de su época (un tanto sobreiluminada) aunque consigue buenos resultados en exteriores y en algunos interiores coloristas de burdeles y clubes nocturnos; la BSO se apoya prácticamente en un único tema y acompaña correctamente a las imágenes.
La carta del Kremlin fue muy mal recibida en su momento, a pesar de las esperanzas que había puesto Huston, que se sentía muy orgulloso de ella; el ferreo código Hays de censura en Hollywood había caido definitivamente hacía tan solo unos pocos años, y para público y crítica supuso un shock este cocktail de perversidad donde hay asesinatos, suicidos, homosexualidad, drogadicción, prostitución, inmoralidad y humor negro a raudales. Sin embargo, desde hace unos años, la película se ha revalorizado hasta alcanzar cierto estatus de culto; a nivel personal, me parece una de las mejores películas de la última etapa de su autor, un plato deliciosamente malvado y envenenado que no deja títere con cabeza.
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