miércoles, 6 de octubre de 2010

Cine oculto - Perro blanco, de Sam Fuller


Sam Fuller es un cineasta que no necesita presentación para los buenos aficionados; fue un individuo único, todo un personaje en si mismo, un "outsider" del cine americano cuya vida fue tan intensa e interesante como sus propias películas: reportero avispado, veterano de guerra, novelista, director de culto... Fuller realizó la mayor parte de sus trabajos durante los 50 y los primeros 60, casi siempre dentro de los parámetros de la serie B, tras un corto y azaroso paso por la producción de primera linea.

La década de los 70 la pasó casi en blanco, condenado al ostracismo en su propio país por el contenido polémico de sus cintas, pero a principios de los 80 volvió con un par de títulos capitales de su filmografía, que no terminaron de cuajar en su resurrección cinematográfica (eran tiempos poco propicios para el cine militante de Fuller) pero que, con el paso del tiempo, se han convertido en películas casi míticas; el primero de estos títulos fue Uno rojo: División de choque (The Big Red One, 1980), una cinta bélica que narra con singular acierto sus propias experiencias de guerra, y el segundo fue Perro blanco (White dog, 1982), la película que comentaré a continuación.


Julie Sawyer (Kristy McNichol) es una jóven actriz que vive en un chalet en las colinas de L.A.; volviendo una noche a casa en su coche atropella sin querer a un enorme pastor alemán blanco. Julie lleva al perro al veterinario y decide colgar fotos del animal para localizar a su dueño; sin embargo, se va encariñando poco a poco de él, y decide quedárselo.

Sin embargo, a pesar del aparente caracter amable del animal y de su instinto protector, este va mostrando ocasionales ataques de furia asesina contra humanos de raza negra. Julie contacta entonces con un experto en doma de animales para películas, el veterano Carruthers (Burl Ives), que le dice que debe sacrificar al animal ya que se trata de un "perro blanco", un perro asesino entrenado por racistas para matar a negros. Sin embargo, Keys (Paul Winfield) socio de Carruthers y de raza negra, decide reeducar al perro, al tratarse de un asunto que le toca personalmente y que se convierte en una obsesión personal.


Perro blanco es uno de los más brutales alegatos anti-racistas que uno pueda echarse a la cara, y, sin embargo, en su momento se paró su distribución y la película fue acusada de ser todo lo contrario, debido a una incomprensible campaña de desinformación que volvió a condenar a Fuller al ostracismo; quizá la parábola que proponía Fuller era demasiado adulta o demasiado inteligente, pero desde luego, no se la puede calificar de sutil: si hay algo que caracteriza a este autor es la contundencia con que expresa sus posturas, y Perro blanco es contundentemente anti-racista.

El planteamiento de Fuller acerca del racismo es tremendamente poderoso: para él el racismo es una enfermedad mental, un condicionamiento impuesto desde la infancia para temer aquello que es diferente y atacarlo con saña y furia; este concepto está representado por un espectacular perro blanco, en apariencia normal, fiel y cariñoso, que oculta a un terrible monstruo racista y asesino en su interior.


Esto es entre tú y yo, hijo de puta


Frente a este condicionamiento, se plantean dos posturas, la de Carruthers (entrañable Burl Ives), que cree que no puede ser curado, y la de Keys, que considera casi un deber sagrado demostrar que puede invertir el proceso de condicionamiento. La lucha de Keys (excelente y carismático Paul Winfield) por doblegar al monstruo y recuperar al perro es sin duda uno de los puntos más fascinantes del film, representado en continuos duelos de miradas y choques de voluntades.


La estructura narrativa de la película y su gusto por el exceso y el pulp recuerda vivamente a otros de sus títulos de los 60 como Corredor sin retorno (Shock corridor, 1963) o Una luz en el hampa (The naked kiss, 1964); dentro de este estilo tan propio y característico no sobra ni falta nada, Fuller construye grandes escenas desde la escritura (1) y las rueda con su soltura e ingenio habituales, logrando excelentes momentos de suspense, alguno casi terrorífico: la interpretación de los perros que encarnan al animal protagonista es asombrosa, llegando a expresar lástima o pavor de un segundo a otro. Por otra parte, la irrupción del racista culpable del condicionamiento del perro es una verdadera patada en los cojones (Fuller aprobaría esta expresión) a la iconografía WASP yanki.



En definitiva, a pesar de su look ochentero y de la parquedad de medios con que fue rodada, Perro blanco se impone por su arrollador sentido de la puesta en escena y por su guión plagado de reflexiones y parábolas, del que destaco poderosamente el fascinante desarrollo de la relación entre el perro y Keys; me resulta del todo incomprensible que una película tan concienciada, casi imprescindible para comprender las raices de la discriminación racial, pudiera ser tan mal entendida en su tiempo.

_________
(1) El guión fue escrito al alimón con un jóven Curtis Hanson, luego famoso guionista y director de L.A. Confidential, e inspirado en una novela de Romain Gary de la que al parecer se distancia en algunos aspectos.

2 comentarios:

  1. He leído en alguna parte que la novela de Romain Gary, en la que se basa el guión de "Perro Blanco", narraba un hecho real que le sucedió al propio escritor: Romain Gary fue quien se encontró a un perro entrenado para matar a negros y buscó un entrenador de esta raza para que reeducase al animal. El entrenador de perros consiguió corregir al animal pero lo educó para que atacase a blancos.
    Si no recuerdo mal, lo leí en una biografía de Romain Gary (Emile Ajar) incluída en una edición de su novela "La Vida Ante Sí".
    Un Saludo.

    ResponderSuprimir
  2. Si, algo de eso había leido, creo que se trata de una novela corta, pero no encuentro el libro por ninguna parte. Seguiré buscando...

    ResponderSuprimir